El instante en que reflexioné sobre el futuro de una generación denostada por su propio País empeñada en vivir de su talento, no fue si no el punto de inflexión de una realidad que muchos quieren que asumamos como tácita. Estos ilusos despreocupados, irreflexivos, capaces de malgastar su vida, artesanos de mercadillos, despatriados de su cordura por aquello que creen respetable.
No era ese el espíritu que necesitaba para comenzar un proyecto que arrancaba de la idea de sublimar al ser humano a través de la Naturaleza, en un proceso introspectivo que cristalizaría con la aparición del nuevo hombre. Un juego utópico desechable por su sencillez y que sin embargo sigue siendo fuente de inspiración aún hoy en día.
Me vienen así las palabras de Hegel para invocar el poder de los creadores, la excusa perfecta para seguir siendo un despatriado.
“El fin del Arte es revelar al alma todo lo que esta encierra de esencial, de grande, de sublime, de respetable y de verdadero”.
De eso tiene que ver el Arte, de aquello que aún queda por ser cierto. No parece poca cosa, pero ni aun siendo este liberador, no parecen buenos tiempos para las musas de Mnemosine. Y sin embargo tengo la certeza que necesitamos un remedio contra nosotros mismos, necesitamos cualquier arte impetuoso, fluctuante, danzante, burlón, pueril y sereno, para no perder nada de esta libertad por encima de las cosas que espera de nosotros mismos nuestro ideal. Así también pensaba nuestro buen amigo Friedrich.
No es fácil comenzar un proyecto de arte, y formar parte del él como comisario y como artista. Es más, yo creo que es hasta contraproducente, y aún así, la idea de poder llevar a Madrid esta exposición, más que compleja, requería del apoyo de artistas que tuvieran la vocación de serlo por encima de su propia cordura.
El Ateneo de Madrid constituía por su distribución en varias plantas el espacio ideal para realizar este viaje de Odiseo hacia la isla de Ítaca. Cruzar el averno para llegar al Paraíso. Y así fue.
La exposición “Retorno al Paraíso” es y ha sido en realidad una historia de supervivencia, más aún, y aunque el cartel de artistas de postguerra que anunciaba la entrada de la Sala Prado 19 de la Calle Prado no correspondía a nuestra exposición, era mejor asentir, porque al fin y al cabo habíamos llegado allí por el hambre y aquello se veía a mucha distancia.
El proyecto original contemplaba también “el rescatar” para este espacio a Manuel Millares y a Federico García Lorca en un intento desesperado por vislumbrar un período similar, en el que el “homúnculo”, retorcido por el barro, cubierto de arpilleras, renaciera como el ave Fénix de sus cenizas.
Las ratas del bueno de Federico seguían corriendo absortas por un callejón oscurísimo, en el umbral del pozo, cerca de la puerta de una infancia perdida, resonando en la distancia después de casi 100 años.
Es así como a través de esa mezcolanza de artistas plásticos, escritores, escultores, fotógrafos, filósofos y libre pensadores se consigue aglutinar en un proyecto sólido y mordaz un espacio para la reflexión y la inflexión de una generación de jóvenes artistas que no quieren ser supervivientes ni víctimas de su propio tiempo.
Leonor Herza, Ana Leonís, Ramón Pastor, Lorenzo Belenguer y Emilio Vieites tampoco lo son y estamos abocados a seguir creando, adulterados por la ilusión, retorcidos por nuestra juventud.
Y es esta juventud la última mentira que nos queda, porque ya todo es verdad.
Quizás “Retorno al Paraíso” no ha sido más que un sueño. Quizás la mirada inocente de Lorca ya no esté presente entre nosotros.
Mejor sigo soñando, pero no me despertéis aún y comenzar también vosotros este viaje a Ítaca, porque esta exposición sólo ha sido el primer paso.